Los niños con trastornos del neurodesarrollo tienen más riesgo de ansiedad y problemas de conducta

Hay niños que llegan al aula con algo más que una mochila escolar. Dentro llevan dificultades para atender, para comprender el lenguaje o para relacionarse con los demás, pero también una carga emocional que muchas veces no se ve. El estudio sobre bienestar emocional en la infancia con trastornos del neurodesarrollo del Observatorio Social de la Fundación ”La Caixa” pone números a esa realidad y confirma algo que profesionales y familias llevan tiempo señalando. Estos menores presentan más síntomas de ansiedad, tristeza y problemas de conducta que la media, y ese impacto no se limita a ellos. Se extiende a su entorno más cercano.

La investigación, basada en cerca de 300 familias con niños de entre 6 y 12 años, analiza situaciones vinculadas a dificultades del lenguaje, dislexia, discalculia o trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Los resultados apuntan a un patrón claro. El malestar emocional es más frecuente e intenso en este grupo, con manifestaciones que van desde la irritabilidad hasta problemas para gestionar la frustración o relacionarse con otros niños. No es solo una cuestión de aprendizaje, es también una cuestión de bienestar psicológico.

Uno de los datos más relevantes tiene que ver con la convivencia de varios trastornos. En torno a la mitad de los menores estudiados presenta dos o más alteraciones de forma simultánea. Esa acumulación no es neutra. A medida que se suman dificultades, aumentan también los problemas emocionales y de conducta. La sensación de no llegar, de quedarse atrás o de no encajar se convierte en una experiencia repetida, y eso deja huella.

El estudio también identifica diferencias importantes entre niños y niñas. Ellas presentan más síntomas de ansiedad, depresión y somatización. En muchos casos desarrollan estrategias para ocultar sus dificultades y adaptarse a lo que se espera de ellas. Ese esfuerzo continuo puede pasar desapercibido durante años, pero tiene un coste emocional elevado. Es una forma de sufrimiento silencioso que rara vez aparece en los informes académicos.

El impacto en las familias es otro de los puntos clave. Los hogares en los que hay niños con varios trastornos registran niveles más altos de estrés y síntomas depresivos. La gestión del día a día se vuelve más compleja y, en muchos casos, se suma la sensación de falta de apoyo. El dato de quién cuida también es revelador. El 88 por ciento de las personas que respondieron al estudio eran madres. Detrás de esa cifra hay una realidad persistente en la que el peso del acompañamiento recae mayoritariamente en ellas.

A todo esto, se añade un elemento que atraviesa todo el estudio. La falta de una mirada integral. Las dificultades del neurodesarrollo no aparecen aisladas ni tienen consecuencias solo académicas. Afectan a la identidad, a la autoestima y a la forma en la que estos niños se relacionan con el mundo. Cuando no se abordan de forma coordinada, el riesgo es que el problema se fragmente y se llegue tarde a lo esencial.

El mensaje de fondo es claro. No se trata solo de identificar un trastorno o de mejorar el rendimiento escolar. Se trata de entender que detrás de cada dificultad hay un niño que necesita apoyo emocional y un entorno que también lo necesita. Ignorar esa dimensión no solo limita las intervenciones, también prolonga un malestar que, con el acompañamiento adecuado, podría reducirse de forma significativa.

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